domingo, 30 de noviembre de 2008
sábado, 29 de noviembre de 2008

Sin darte cuenta ya estás en el suelo preguntándote las cosas más estúpidas del mundo. Cuántas piezas de azulejo habrá en los hijos de Calatrava o cuántas veces se ha ido la luz en esos edificios verdes que parecen colmenas. Ese instante es de libertad con uno mismo y con todo lo que que tiene color, se mueve o parpadea. Y echas de menos el ruido de la gravilla por aquel camino de los sábados, aunque, de vez en cuando, intentes imitarlo con los chococrispies. Hay cosas que no pueden guardarse en una caja de cartón.
martes, 25 de noviembre de 2008
domingo, 23 de noviembre de 2008
Capítulo 7
Reunidos de nuevo en su rincón, los 4 amigos ideaban el triunfo en la vida de Claudio. Descartaron de entrada cualquier acto viril, el amor no entiende de “hombres”, y menos todavía la vida. Además, por decirlo de manera grandilocuente, sus gastrocnemios no rendían como antes, y su inmunodeficiencia sufría con cada temporada de gripe que pasaba: en resumen, que los años y sus achaques ya se hacían notar, y de una manera notable.
En nada tenían un plan aproximado de cómo Claudio iba a vivir toda su muerte al lado de quién fue la muerte de su vida. A las 9 del día siguiente se presentaría en la chocolatería Orts donde como cada domingo Clarisa iba a tomarse el chocolate con porras que alguna vez, en sus tiempos dulces, habían compartido. Después de tantos años para ella sería irreconocible, pero él no la olvidaba. Llevaba demasiado tiempo ideando su final, planeando sus últimas palabras y suspiros. Debía terminar ya esta existencia desesperada, solo le faltaba llevarle a su sueño las palabras que una luna rota en el agua se empeñó en enmudecer.
Todos habían estado estudiando el encuentro durante tiempo y después de la camaradería demostrada, Claudio se despidió de Julio, de Edgar y de Aparicio con todos los honores que el rincón especular de su café les permitía. Por lo menos se despedían los 4 pensando del otro: qué jodido hijo de su puta madre.
Después de una noche en vela, a las 9:05 entraba Claudio a la chocolatería Orts con su periódico debajo del brazo. Todavía no había llegado Clarisa. Eso le permitió sentarse tranquilamente en un rincón desde donde observar todas las mesas, y relajarse un poco. Pidió su chocolate con porras, lo más parecido a cualquier coito joven de su tiempo contemporáneo, y empezó a leer los horóscopos para reírse de ellos. Llegó a piscis y entró por la puerta. Se conocieron en marzo. Terminó con todos y volvió a mirarla. Solo faltaba esperar a que su hija fuera también a por el periódico como Aparicio le había iluminado. Y no tardo demasiado en ir a por el matinal.
Se encontraban a tres mesas de distancia, a 10 pasos viejos de Claudio, a un suspiro en su vida. No perdió los nervios, pero las piernas no las sentía como para ir hasta allí. Entonces el pañuelo morado que Clarisa había dejado en el respaldo de su silla resbaló hasta caer delicadamente en el suelo. Ahí vio Claudio su oportunidad. Le hizo una señal al camarero, y le dejo en la mesa lo que le debía más una generosa propina. Se levantó con una decisión que luego no pudo creer, y se encaminó hacia la salida. Al llegar a la altura del pañuelo, se detuvo cogió aire, se agachó para coger el pañuelo, y se lo ofreció dejando asomar la mano por el lado izquierdo de la cabeza que en su día reposó en un sus hombros.
Clarisa se giró sorprendida. No entendía por qué aparecía esa mano de repente. Toda explicación que recibió fue:
— Se había caído. Después de tantos años sigo escuchando el bigotudo que en aquellos días adornaba el correr del agua del Turia. Hay música que nunca muere, pero hay corazones que no aguantan su compás.
Sin dar tiempo a nada, le dio el pañuelo y salió. Clarisa miró el pañuelo que había caído en su mano y entonces sitió el peso de las palabras que le habían caído con él. Se dio cuenta quién las había pronunciado y le volvió todo a la mente. Era increíble que ese canto no se hubiera hundido después de tanto tiempo, pero pensándolo bien, era imposible que esto ocurriera. Después de tantos intentos, de tantos años de matrimonio feliz, nunca lo había conseguido callar. Algo debía tener. Miró por la cristalera a eses señor, a Claudio, su pasado más feliz, y lloró por un presente que nunca disfrutó. Claudio se aseguró la gabardina y miró por la cristalera a su pasado más feliz, no lloró, lo había hecho tantas veces en el pasado…sonrió por la lágrima que le caía a Clarisa y que se le antojo como agua del Turia.
Dos días después las cenizas de Claudio fueron depositadas al Turia por sus jodidos amigos, los hijos de su madre, a la altura del Pont de les Flors. Pero las cenizas no nadaban solas, consigo viajaban también las cenizas de un pequeño artilugio de madera: el reclamo de canto de bigotudo.
Ya ves, aquí sigo en este pilar en el que me he parado después de escuchar de nuevo este canto. No recuerdo dónde escuché o leí esta historia, pero me ha parecido importante recordarla en estos momentos. A ver que me depara ahora mi camino. Voy a seguirlo y a seguir contándoos. Por cierto, todavía no sabéis de mi, ¿verdad?...Veo que os cae la baba esperando saber algo más de mi…
F. Morant
miércoles, 19 de noviembre de 2008
sábado, 15 de noviembre de 2008
viernes, 14 de noviembre de 2008
jueves, 13 de noviembre de 2008

Después de una larga noche de copa en copa, bebiendo no para olvidar sino para recordar, se encontró con la cabeza en la almohada. Estaba lúcido como pocas veces se había visto y sentido por aquellos tiempos. En la mano tenía aquella carta que le entrego Clarisa hace ya tantos años. Guardaba todavía en un rincón de su maltrecho corazón un vacio lleno de dudas. ¿Por qué aquella carta, y aquel último abrazo en el Pont de les Flors, en aquella noche de aquel día? Recuerda como su corazón se rompía mientras una barquita rompía la luna llena, hundida en las aguas que tantos besos se había llevado al mar.
Tantos viajes en una vida para olvidar a Clarisa. Tantas historias no habían conseguido borrar la huella de un amor verdadero.
Quién sabe qué pensaba Claudio, con su reclamo debajo de la almohada, con la carta en la mano y con pocos días por delante. Sabía que el fin de sus días de aventurero, de príncipe de la calle se acercaba, y que su misión en la vida no podía quedar pendiente para otros tiempos.
domingo, 9 de noviembre de 2008
viernes, 7 de noviembre de 2008
cap. 4
El dependiente que lo atendió se extrañó mucho de aquella selecta petición y le hizo cierta gracia que un personaje peculiar como aquel pidiera ese tipo de flauta.

Era viernes, por la noche iría a un bar del Carmen a beber y escuchar música que le hacía sentir ganas de llorar, aunque la letra de las canciones fuera en inglés y no entendiera nada de lo que dijeran. Siempre le pasaba lo mismo. El ambiente de la noche y el alcohol le hacían recordar su pasado y dejarse vencer por la nostalgia. Ya había cobrado la pensión así que no tendría ningún problema a la hora de pagar las copas. Iría pronto para acomodarse en uno de los taburetes de cuero en los que, al rato de estar sentado, recordaba el olor del roce de la peinetas de la silla que utilizaba para montar en el pueblo el caballo de un viejo amigo de la familia. De allí saldría con otra perspectiva sobre a dónde lo había llevado la vida durante los últimos cinco años. Doble, desde el suelo, con un invisible efecto que lo imantara a la pared, con sensación interna de centrifugado, temblores en el suelo... Se dejaría llevar hasta la calle Caballeros, convertida en orinal improvisado cada noche de fin de semana y caminaría hasta decidir dónde dormiría con aquella dulce y ahogada resignación. Todo por culpa de las tristes canciones del bar.
M. Ramón
lunes, 3 de noviembre de 2008
domingo, 2 de noviembre de 2008
Capítulo 3

Y llegaron las 5 de la mañana del día siguiente. De nuevo el Príncipe de las calles fue a parar a su café de la Plaza de la Reina. El café era el refugio matutino a la desoladora realidad. Sus camaradas, sus cómplices de historias inventadas, sus amigos de café, le acompañaban como siempre en ese refugio de vapores tostados, como todas las mañanas, llueva o neve, se trabaje o se celebre cualquier hito.
Sentado en su esquina de siempre, con la cabeza apoyada en el espejo con el que Lucas pretendía multiplicar las mesas del Café de Lluvia, esperaba su tocadito. Había Mercado Central. Luego iría a pasearse a ver las anguilas resbaladizas hacerse nudos, a charlar y seguir con sus historias con las vendedoras de las tiendas de frutas: sabía sacar a relucir sus conocimientos de la época en que estuvo de jornalero en los campos de Valencia, ora recogiendo naranjas, ora labrando las tierras, ora trabajando con los tomates, las aceitunas, la chufa, el arroz. Y cómo no, visitar a su amigo Sebastián, el vendedor de la tienda de especias que tenía un monito araña siempre posado en su hombro: hombre exótico donde los haya.
Mientras esperaba la llegada de sus compañeros reflexionaba sobre si era oportuno contarles lo que le esperaba la jornada, o si ese era día de dejar hacer y simplemente apuntillar con uno de sus comentarios de experiencia. Quizá se metió en pensamientos un poco pantanosos. Pensó en su personaje, en el mito que construía con esa imagen de judío huidizo y reflexivo, de viejo corremundos que se refugia en sus últimos años en un café a regalar su experiencia a sus pocos compañeros de amaneceres. Se dijo que era imbécil pensar tanto en uno mismo, pero realmente le gustaba construirse, sentirse dominado y controlado por él mismo, el príncipe de la calle…
Al final llegaron: Edgar, Aparicio y Julio entraron por la puerta y el espejo a la vez, acercándose por ambos lados hacia el punto central, la mesa de su rincón. Se reunieron al final para coger fuerzas y afrontar el día.
- Buenos días señores – empezó a decir.
- Hombre Claudio, has llegado antes que nosotros – contestó Julio.
- Hoy va a ser un día especial – sentenció Claudio.